El Leñador (parte 1) - Un emprendor

Lo conocí en mi época de universitario, en una cantina cercana a la universidad. Él era asiduo visitante de 'La Burbuja', un lugar que yo visitaba de vez en cuando. En el privado de este local, mientras consumíamos unas pilsener con unos compañeros, ese extraño ser que se sitúaba en una mesa contigua, se acercó, casi de forma siniestra, para ofrecernos un vino blanco que sacó de su mochila, "para que se hagan un Yugoslavo (cerveza con vino blanco) ", nos dijo.  El "hombre de cromañón", como comenzamos a llamarlo, ya se nos hacía recurrente dentro de la universidad, y más aún en ese antro donde lo habíamos conocido.

Después de unos 10 años me lo tope en Santiago la esquina de Agustinas con Manuel Rodriguez, en donde me dijo que el entrenaba en el gimnasio de al frente, y ya a esta altura de la vida ya no era el flaco esmirriado que yo había conocido, estaba mamado.  Pero seguía con sus vicios y algunos ya habian aumentado de nivel. Me ofreció entrenarme en el gimnasio y empezamos a juntarnos bien seguido y a retomar una relación de amistad. En esos momentos el tenía un buen trabajo, pero siempre fue algo extravagante, por ejemplo, a entrenar iba con una camisa de leñador a sin mangas, eso no me dejo otra opción de empezar a llamarlo "El Leñador". 

En una ocasión, le presentamos a una amiga de mi señora que estaba soltera y empezaron a salir, pero todo sucumbió muy rápido por su excéntrica personalidad. Esa misma intensidad hizo que yo también me alejara un poco. Pero, pese a su actitud algo narcisista, le tenía aprecio. A veces, esas personalidades raras, cuando dejan caer su máscara, revelan su naturaleza insegura y frágil. Mi aprecio también venía por sus historias alocadas cuando se desataba, y, seamos honestos, porque siempre tenía "mano" para la marihuana. Pasarme 30 minutos en el bandejón de la Alameda arreglando el mundo con él era una bocanada de aire fresco en medio de la rutina. Por lo tanto, lo invité a mi matrimonio y asistió, impecable, con una novia de turno.

Fue pasando el tiempo y nos veíamos solo en ocasiones. A veces me llamaba para contarme de sus proyectos, ya que lo habían despedido y, con su finiquito y otros ahorros, estaba tratando de iniciar una pyme. Me contó que se había asociado con un colombiano para importar luces LED de última generación, y me invitó a la oficina que había arrendado en un moderno edificio del centro de Santiago.

Estando en el lugar, una oficina grande y moderna, vi a harta gente trabajando. Mientras estábamos dentro de su gerencial sala de reuniones, le consulté:

Yo: ¿Y toda esta gente trabaja para ti? 

Leñador: Sí, son once contratados, ya está casi lista la página web —me respondió, mientras intentaba mostrarme el sitio en su computador. 

Yo: ¿Les compraste computador a toda esta gente? ¿Y las luces LED? ¿Dónde está tu socio? ¿Quién tiene acceso al banco? 

Leñador: Sí poh, si tienen que trabajar. Mi socio anda en Perú, porque la próxima semana nos vamos a reunir con un jeque árabe en Lima que se va a asociar con nosotros para hacer acá en Chile un Sodimac, pero solo de luces. Solo yo y mi socio tenemos acceso a la cuenta del banco. Del capital que aporté yo, él hasta ahora solo ha sacado para los pasajes y un viático. 

Yo: ¿Podrías revisar tu cuenta? 

Leñador: Sí, obvio.

Ahí mismo vio que había un gasto de como 500 lucas, si mal no recuerdo, en Brooks Brothers, que en el momento no supo explicar. Al día siguiente me mandó un mensaje justificándolo: "el socio" se había comprado un traje para ir a la reunión en Perú.

Como ya se estarán imaginando, a la semana siguiente en Lima se desveló el misterio: el árabe era más peruano que el suspiro limeño, y el colombiano se hizo humo con la plata, mientras el Leñador disfrutaba solito de un ceviche en el Callao. 

Al final, el imperio de las luces LED terminó tan apagado como empezó, y  "El Leñador" perdió su finiquito, se declaro en quiebra,  tuvo que volver a casas de sus padres al Sur de Chile y dejar de lado su sueño de ser el magnate de la iluminación, pero jamás perdió su esencia. Y yo, aunque lamento su mala suerte, no puedo evitar sonreír cada vez que me acuerdo de él, imaginándolo con su camisa a cuadros sin mangas, comiendo ceviche en Perú y pensando en su próximo gran proyecto. Porque si hay algo seguro en esta vida, es que tipos como él nunca se rinden... solo cambian de rubro y este es el caso.

(proxima segunda parte)



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